1 de diciembre de
2017. Viernes.
Y
FUE LA FIESTA
Versos, música y Obispo, en Casa Sacerdotal. Murcia. F: FotVi |
-Y fue la fiesta, la
función. La fiesta del sacerdocio ministerial y jubilado en la Casa Sacerdotal.
O la ancianidad sostenida por un paciente bastón y una sonrisa, en los labios, de
bondad. El otro bastón. Todos casi postrados, y, sin embargo, con miradas -alguna
casi oscurecida- limpias e iluminadas. No eran miradas turbias y vagas, sino
llenas de alas. Miraban y casi no veían, pero volaban. Presidiendo, el Obispo don
José Manuel y el Arzobispo emérito de Burgos don Francisco. Y los demás,
cubriendo el aforo. Eduardo, seminarista, cantaba, José Alberto, le acompañaba
al piano, y un servidor, con clergyman, recitaba versos de mis poemillas de Navidad. Y Paco Illán, decía
cosas de mí, que la sala escuchaba sin pestañear y yo, aturdido. En todo caso,
fue una mañana tensa de versos y canciones, y encendida -llameaba- de
emociones. Como una Navidad precipitadamente adelantada. Todos postrados a los
pies de un Niño, que sabía y no sabía: «él sabía que era Dios, / pero no por
qué María / ni el pañal ni su calor. / (…) // Sí sabía y no sabía: / sabía de
Dios su amor, / pero no por qué Belén / ni la noche ni el pastor. // No sabía
que era hombre, / hasta que el pecho le dio / María, y, en su regazo, / aunque
Dios, hombre se halló». (Ah, el Niño y Candela me sonrieron). La sala se llenó
de aplausos y de alguna lágrima, la que alguien se quitó de en medio con la
mano del revés. Disimulando; como el que se libra de una mota de ceniza en el
ojo. Es decir, llorar y reír: una bella contradicción, que alivia, Diario, de
tanto pesimismo y caos como hay en el mundo. Un pequeño rumor de paz (18:56:22).
tierno análisis, resumen encendido de unos momentos de piano y canto, palabras que vuelan hacia las alturas. El Niño que viene sonriendo y terminando de secar las lágrimas emotivas de personas consagradas. Y Candela, en la lejanía, sonriendo a su tío-abuelo para darle aliento en sus versos y que manaran fervorosos y animaran a quienes, acabadas las fuerzas, reposan en una ancianidad doliente pero gozosa.
ResponderEliminarQue bellamente lo dices, José María, fueron momentos en los que la palabra y el piano movían a los presentes -personas ancianas y consagradas- a alzarse sobre su debilidad y creerse humildemente importantes ante el Niño-Dios que viene. Y Candela allí, poniendo la nota de niñez que, de vez en vez, a todos nos hace falta, en cualquier situación de nuestra vida. Fue algo sencillo, pero hermoso. Gracias, José María.
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